Corrían las horas bajo una luna azul en la madrugada del 31 de agosto, esperando el momento en que llegasen mis compañeros para liberarme de las cadenas de un largo y solitario turno.
La noche
anterior, antes de encerrarme en el trabajo, cargué el coche con el equipo de
pesca para partir a primera hora al encuentro de “mi” río. La jornada sería
corta, de apenas dos horas y media, pero suficiente dosis para llenar de paz mi
espíritu y vaciar la mente de los agobios que genera el constante ajetreo de la
ciudad.
Dan las
siete en el reloj de pared cuando aparecen por la puerta. Es el momento de
colgar la mochila al hombro y, sin perder más tiempo, dirigirme al lugar que
habitan esas criaturas a las que a veces llamo “mis” barbos.
Pocos
minutos después me encuentro allí, en ese lugar alejado del mundanal ruido, donde
es sustituido por el delicado canto de las aves y el constante fluir del agua.
Con las
primeras luces del alba preparo el equipo, blancos álamos, sauces y fresnos me
cobijan de las fuertes rachas de viento que comenzaron en la tarde de ayer y
han ido en aumento durante la noche. Sin darme cuenta, mi subconsciente ha
hecho su trabajo, una rápida valoración que repaso al sorprenderme con una
hormiga de foam entre los dedos. Una elección basada en la experiencia de
jornadas atrás, en que los barbos recorrían las someras orillas en busca de
presas durante las primeras horas de estos calurosos días. Y con la convicción de
que tomarían sin dudarlo una hormiga, como las tantas que caerían de las agitadas
ramas.
Comienzo a caminar guiado por el sonido de una corriente en la que suelen nadar las sirenas con cola, cuerpo y cabeza de pez. Embrujado por su llamada, busco entre el reflejo de las aguas para encontrarlas. Me alertan de su presencia unas extrañas ondas fuera de lugar.
Allá, junto a esos pequeños juncos resguardados de la fuerte corriente, acaricia la superficie con su aleta caudal un buen ejemplar mientras describe una ingrávida danza.
Allá, junto a esos pequeños juncos resguardados de la fuerte corriente, acaricia la superficie con su aleta caudal un buen ejemplar mientras describe una ingrávida danza.
Observo sus movimientos hasta descubrir en ellos el dibujo de una elipse que comienza en el inicio de los juncos. Entre los verdes tallos se desplaza lentamente aguas arriba durante algo menos de tres metros, abandona allí el cobijo y se deja arrastrar por la suave corriente de nuevo al punto de partida. En el devenir de su imaginaria senda sube y baja constantemente rastreando todas las capas de la columna de agua, abriendo de cuando en cuando sus carnosos labios para atrapar las pequeñas larvas que son arrastradas, y bajando de nuevo al fondo para levantar intermitentes cortinas de lodo.
Pasado un
rato, no sabría definir con exactitud, desengancho de la anilla la pequeña
hormiga y lentamente voy sacando línea del carrete mientras me acerco un poco
más.
Sin perderlo
de vista, hago un primer lance, la hormiga chapotea en su caída, justo delante
de él, pero sin más es arrastrada de nuevo a mis pies. De igual modo acontecen los
sucesivos lances. Empeñado en llamar su atención, cambio la hormiga por un
escarabajo de generoso tamaño y repito la operación… pero ante cada nuevo
lance, la misma respuesta.
Alzando la
caña acerco la mosca hasta mi mano y, dejando descansar la línea sobre el
pedregoso suelo, entrecierro los párpados mientras en mi rostro se dibuja una
sonrisa ladeada. Sonrisa que expresa un sentimiento de sana rivalidad y oculta
cierta resignación, como podría sentir un cachorro en el juego con su presa, sin
importar quién gana o pierde, pues del resultado, sin saberlo, tan sólo importa
aprender.
No quiere
subir… ha visto la mosca y no sube… Por suerte, persiste en su tarea, no se ha
percatado de mi presencia, ni tampoco del engaño, y de forma inusual me está
ofreciendo una nueva oportunidad.
Antes de
cambiar de mosca, confiado de que permanecería allí durante un rato, me alejo lentamente
de la orilla y dirijo mis pasos hacia un lugar situado unos metros más allá de
la corriente. Una playa de aguas tranquilas y escasa profundidad formada por
los sedimentos que yacen a este lado del pozo, en la que suele merodear algún
barbo de madrugada. Apenas se distingue el fondo entre el vaivén del fino
oleaje que refleja la luz del nuevo día, obligándome a pescar al agua en los
puntos donde creo que deberían estar.
Deberían,
pero hoy no...
Hoy es un
día diferente…
La brillante
luna azul, llena por segunda vez en este mes, trae consigo al fuerte cierzo que
ha hecho bajar la temperatura considerablemente.
Toca olvidar
entonces algunos prejuicios adquiridos en jornadas atrás y algunas manías personales
para poder atar una ninfa al terminal y volver a los dominios de mi anterior
rival, que continúa inmerso en su incansable danza.
Remonta las
aguas entre los juncos cuando en un segundo lance los abandona para descolgarse
tras la ninfa, no ha acertado a cogerla y, al perder de vista su presa,
comienza a moverse nervioso de lado a lado en una búsqueda sin éxito, casi
hasta mi posición.
Temo en esos
momentos haber perdido la oportunidad y que no regrese a su postura, pero no es
así. Por capricho del destino se me presta otra oportunidad que no puedo volver
a fallar.
Observo su
ruta una vez más por si en algo ha cambiado, y efectivamente, ha ampliado el
recorrido en unos centímetros. He de suponer, que al igual que yo, estará
alerta para no volver a perder la oportunidad.
Espero a que
alcance la parte más alejada del recorrido y, antes de que abandone los juncos,
lanzo la ninfa un metro por delante de él. Los cálculos no fallan y se produce
el encuentro en las despejadas aguas. El barbo la ve derivar al frente y, más
preciso esta vez, se abalanza sobre ella.
Venciendo la
presión que supone saber que esta será la última oportunidad, consigo controlar
la fuerza en la clavada para no perderlo.
Al sentir el
pinchazo seguido por la tensión que tira hacia atrás de su hocico, el barbo
sale huyendo en una potente carrera al refugio de los juncos, un refugio que no
logra alcanzar con facilidad.
Con la mano
izquierda acompaño su huída sujetando firmemente la línea, cediendo poco a poco
para no perder tensión y, estirando el otro brazo, alzo la puntera de la caña
en un rápido cambio de dirección a mi derecha. Consigo así apartar su obstinada
mirada de la vegetación de la orilla desviando su atención hacia la fuerte
corriente, donde se dirige tras un breve instante.
Permanece
inmóvil en el centro del río, aferrado al lecho durante unos segundos, en los
que la fuerza de mi equipo no es suficiente para vencer su resistencia, hasta
que, algo cansado, se descuelga corriente abajo pasando por delante de mí.
De un salto,
salvo el pequeño desnivel del talud en que me encuentro y cruzo a toda prisa las
rápidas aguas para perseguirlo entre tropiezos por el cauce. Lo acompaño hasta
el final de la corriente, donde se encuentra un profundo pozo de aguas más
tranquilas en el que poder controlarlo.
Una vez
allí, y sin perder en ningún momento el contacto con él, comienza una nueva
danza, en esta ocasión de guerra, en la que un constante tira y afloja
determinará el resultado final.
Cansado, pero no vencido, el barbo va cediendo terreno al río para acortar la distancia que nos separa hasta descansar finalmente entre mis manos, pudiendo descubrir al fin la mirada de nuestro respectivo rival.
Apreciando en mis ojos que de nuevo le daría la libertad, se mantuvo tranquilo mientras retiraba de sus labios el molesto engaño al que antes creía un manjar. Y dando las gracias en silencio por tan digno oponente, contemplé lleno de paz como se alejaba, para poder descansar bajo la brillante luna azul que nos regaló esta hermosa mañana que recordar.

Precioso relato y preciosa fotografía. Enhorabuena!
ResponderEliminarMe parece un relato excepcional en el que muestras tu sensibilidad, tu técnica y tu amor por la pesca a mosca y estos queridos graelsii. Y lo que es mejor, contagias tu ilusión y tu respeto por el rio y los peces.
ResponderEliminarPor favor deleitanos con más artículos como este compañero!
Aunque sea una jornada de poco mas de dos hras merece la pena alejarnos de lo cotidiano para relajar el cuerpo y la mente.Es lo que tiene este deporte que nos hace por unos momentos olvidarnos de todo y disfrutar. Muy buen relato y preciosa foto. un saludo!!!!!
ResponderEliminarA los que participais por primera vez en el blog, bienvenidos!. Y a todos gracias por los comentarios.
ResponderEliminarA ver si es cierto, Pedro, y son más pescadores los que se contagian del respeto hacia la naturaleza. Además, cada día estoy más convencido de que ese respeto es recíproco y en cierto modo se ve recompensado.
¡Un saludo y Feliz año nuevo!
Bonita forma de narrar un lance y la jornada.
ResponderEliminarFelicidades
¡Gracias Barbux! ¡y bienvenido! espero que el resto del blog te guste tanto o más que esta entrada. ¡Un saludo!
Eliminarbuen barbo !!!!!!!
ResponderEliminarGracias de parte del barbo Diego. Y ¡bienvenido!.
Eliminar¡Un saludo!
hola buenas
Eliminarsoy del blog traslosbigotudos y te dejo este mensaje porque nosotros tambien pescamos el Ebro a la altura de Logroño barbos graells y algun común y los pescamos con ninfa, pero nos gustaria pescarlos a seca como tu dado que aqui no suben a comer.
te contesto aqui porque no veo ningun contacto
gracias un saludo
Hola Diego!.
EliminarEncantado de conocer otro mosquero aficionado a esta especie.
Si quieres puedes escribirme a barbosdelzierzo@gmail.com
¡Saludos!
Precioso relato y precioso ejemplar. De los que venden cara no sólo la rendición sino también la picada. Me alegro de que al final lo capturases y nos hayas podido enseñar su foto. No sé cómo se me pasó esta entrada, pero la causalidad ha querido que haya aparecido ahora en mi escritorio de blogger. Un saludo y feliz año nuevo compañero
ResponderEliminarGracias compañero!
EliminarAsí es, estos viejos y astutos barbos lo ponen muy complicado cuando se lo proponen. No hay mejores maestros.
¡Un saludo y feliz año para ti también!